Cine Retro

Domingos RETRO: Niágara (1953) Dir. Henry Hathaway

Melina Cherro
Escrito por Melina Cherro

Esos labios rojos

“Esa cabaña, casa de fin de semana, choza o parador es un motivo fundamental de variadas diégesis cinematográficas. Suerte de ersatz de locus amoenus reducido a las posibilidades pequeño-burguesas, es lo que resta del otro mundo, lo agreste aunque parquizado y que fue temprana conciencia desgarrada de cierta bipartición campo-ciudad de la mentalidad norteamericana.”

(Ángel Faretta. La otra mitad, el alter mundus en el melodrama)

Hombre y Naturaleza

Una fina sábana blanca deja entrever las curvas de un cuerpo desnudo. Los labios rojos dejan escapar el humo de un cigarrillo. La rubia cabellera reposa en una almohada.  Es Rose que descansa en la cama de la afiebrada cabaña en la que se aloja con su marido George. Rose es Marilyn Monroe, en la película que la convirtió en estrella definitiva. Y George es Joseph Cotten, más increíble que nunca. Porque Niágara (1953, Henry Hathaway) no empieza con Rose, sino con George que deambula, en la madrugada insomne, abrumado por la imponente presencia de las Cataratas del Niágara que dan nombre a la película.

Apenas distinguimos a George caminando entre los negros peñascos que asoman entre los torrentes de agua que caen eternamente. George se ve minúsculo ante la obra de Dios.  De los arcoíris que se dibujan en la bruma que destilan las cataratas, pasamos a los pequeños arcoíris que reproducen los regadores de pasto, en una calle del centro urbano. Así Hathaway nos prepara para adentrarnos en el universo de la película. Las Cataratas no pueden ser domesticadas por la mano del hombre, es la naturaleza, obra Divina que se nos impone. Y los regadores representan desde el inicio ésa idea. Son un doble de las Cataratas, es el intento del hombre por domesticar la naturaleza.

La naturaleza es eterna, indomable, maravillosa y aterradora a la vez. Ni buena ni mala, sencillamente está ahí, es. El mal en cambio reside en el alma humana. Indomable tal vez, pero finita. Rose odia a George, pero George está obsesionado con ella y desea poseerla en todo sentido. Rose tiene un amante que la ha seguido en el viaje hasta las Cataratas, en donde el matrimonio pretendía descansar y recomponer su relación. En cambio Rose planea matar a George con la ayuda de su amante y para eso necesita enfermar a su marido de celos, de todas las maneras posibles.

Hasta allí, hasta las Cabañas del Arcoíris llegan Polly y Ray Cutler a pasar una luna de miel demorada. Ambas parejas –los Cutler y los Loomis- son norteamericanas que han pasado la frontera canadiense para llegar hasta las cabañas que serán parte del escenario de este maravilloso melodrama.

Alter Mundus

Según el maestro Ángel Faretta, en el melodrama como una de las formas posibles del thriller, podemos encontrar un alter mundus. El otro lado en donde habita lo desconocido, lo otro, lo ominoso. En el melodrama, explica Faretta, el alter mundus está encarnado en el cabaret, en el club nocturno. Allí es la mujer –cantante, bailarina- la que habitualmente emerge para arrastrar al hombre hasta el otro lado. A veces ese otro mundo y esa mujer son la salvación, el complemento, la pareja. Otras, la perdición para uno o para los dos.

George conoció a Rose en un bar en donde se destacaba por como servía cerveza, según le cuenta a Polly en una de sus conversaciones. Ahí tenemos la clave. Rose es esa otra mujer, la que proviene de ese otro mundo, de un bar en donde su carnalidad era expuesta ante los ojos de muchos otros hombres. Y como George es un hombre de otra época, cree que puede rescatar a Rose de ese mundo. Lo que no entiende es que ese otro mundo es ella misma y no quiere ser rescatada.

Rose encarna todo lo que ese alter mundus tiene para ella. En esa increíble escena nocturna, en que unos jóvenes disfrutan de escuchar música y bailar en el jardín de las cabañas, Rose aparece vestida con un entallado vestido color púrpura y pone en el tocadiscos la canción que le canta a su amante. Rose canta con su voz sensual, casi secreta y George que sabe que la canción es para otro, lleno de ira irrumpe en la escena rompiendo el disco de la traición. La mano de George sangra lastimada.

Las cataratas son aterradoras, pero también hermosas.  Mientras Polly Cutler cura la mano lastimada de George, en esa primera escena juntos, George le señala que mire por la ventana. Es de noche y las cataratas se iluminan con colores radiantes como un arcoíris. Ese momento que es único, Polly lo descubre en compañía de George y no de su esposo Ray. Allí en la oscuridad, admirando la calma belleza de las cataratas, vivimos junto a George y Polly un momento de verdadera intimidad.

El alter mundus de Rose está fuera de campo, es parte de su pasado, y podemos reconstruirlo a partir de lo que ella dice y hace.  Pero hay otro alter mundus en Niágara. Es el que se corresponde más directamente con el del relato policial –o criminal, según Faretta-. Es el pasaje hacia el otro lado, en donde lo oculto y lo desconocido se transforma en crimen. En donde la vida humana no vale un centavo, y aquí en Niágara, es lo ominoso de la naturaleza, lo indomable lo que parece despertar el mal en el alma humana.

La entrada al otro lado, es aquí un espacio geográfico real. Hathaway convierte espacios reales en espacios simbólicos. La frontera real que separa Estados Unidos de Canadá con su control policial, se convierte entonces en la entrada a ese otro mundo. Un plano general nos presenta a los Cutler cruzando la frontera, que está separada por un puente y escoltada por una torre. La torre dibuja un eje vertical y el puente un eje horizontal. Los ejes verticales dentro de un film nos señalan la irrupción de otro orden. Señalan que hay algo más allá de la historia, que fluye de manera horizontal –como el puente-. Es la irrupción de lo otro, de lo sagrado, que excede el saber de los personajes, pero que irremediablemente alterará sus destinos. Escoltados por ese eje vertical que es la torre, Polly y Ray entran a Niágara y nosotros con ellos.

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Estructuras

Entendemos que toda película nos propone un recorrido, una experiencia que despierta en los espectadores una serie de ideas, una forma de mirar el mundo. Al finalizar la proyección ésa forma de mirar al mundo que nos propone la película, puede extenderse más allá de la pantalla, y hacernos –al menos por un rato- que el mundo de la película se nos amplíe a nuestra propia forma de mirar nuestro entorno.

Para ello la película necesita de una estructura que soporte esas ideas, esa mirada sobre el mundo, y el director de la película necesita construir esa estructura que soporte de alguna manera esas ideas que la atraviesan.

Es pertinente aquí detenerse en el uso que hace Hathaway del escenario en donde está filmada la película.  Todos los espacios elegidos son reales. Así era en 1953 Niágara. Todo el sistema turístico, las pasarelas de madera, los pilotos, las botas, la frontera, el campanario. La película fue realizada en los lugares reales, filmando casi de manera documental turístico las cataratas y su entorno. Ahora bien, es necesario preguntarse si es sólo eso. Una vez que acompañamos a los personajes por esos espacios -escenarios reales-, habitamos esos lugares y entendemos cómo funcionan, entonces se cargan de un sentido capaz de hacernos pasar al otro lado.

Polly – Jean Peters, bella, inteligente, humilde- descubre con su mirada la traición de Rose, que se besa apasionadamente con su amante, escondida tras unas piedras que delimitan el punto de observación de las cataratas. Curiosamente Ray es quien tiene la cámara de fotos y sin embargo es quién no ve.

Entonces ese pasaje turístico pasa a transformarse en un laberinto que será testigo del engaño, de la muerte y la resurrección. Por esas mismas pasarelas Polly escapará desesperada, peleando contra los aguaceros que caen con violencia y le dificultan la huida. George, al que creen muerto, la persigue por el laberinto en que se han convertido las pasarelas hasta que George la acorrala y Polly comprende que no puede ayudarlo; que el hombre cometió un crimen y debe pagar por él. Trágico encuentro señalado, no sólo por el laberinto, sino por esos ejes verticales que son las cataratas, naturaleza indomable que construyen la fuerza de algo más, que se hace presente a los ojos ciegos de los protagonistas.

Hay al menos dos ejes verticales más que es menester señalar, si aceptamos que los ejes verticales son parte de la estructura que soporta las ideas que recorren la película.

La torre del campanario es parte del escenario real de Niágara. Campanario que funciona a pedido del público. En la planta baja se encuentra un buzón en donde los paseantes pueden dejar su pedido musical para que las campanas lo interpreten. Esa torre que se ve desde diferentes puntos de la ciudad, será utilizada como parte del plan de Rose cuando en ellas suene la canción que la une a su amante. Las campanas suenan y Rose cree que todo ha salido de acuerdo a lo planeado. Sin embargo es George quien ha hecho sonar esa canción que era la señal convenida de triunfo. Más tarde, cuando Rose internada en el hospital, duerme un sueño afiebrado causado por el impacto de saber muerto a su amante y entender así que George está vivo y que busca vengarse, escucha nuevamente las campanas tocar su canción. Rose sabe que George la está buscando y que el tiempo apremia.

Desesperada huye del hospital y llega hasta la estación de ómnibus para intentar escapar, pero la policía tiene bloqueadas las salidas y la está esperando. En el único pasaje peatonal que tiene la frontera, la intercepta su marido, que la persigue hasta la torre del campanario. Así como Polly había subido por las escaleras de las pasarelas escapando de George, ahora es Rose la que sube las escaleras del campanario escapado de su perseguidor. Sin embargo Rose no tiene la suerte de Polly, porque Rose debe pagar por el daño que ha hecho y porque George la prefiere muerta antes que no poseerla. Allí las campanas son testigo de la muerte estrangulada de Rose en las manos desesperadas de George. Esas manos que Polly intentó curar, que pudo hacerlas cicatrizar de un corte, pero no quitarles su posibilidad de matar.

Es curioso, o al menos merece una pausa, el hecho de que Rose muera estrangulada, asfixiada por las manos de George. Así Rose muere ahogada, pero no por las aguas de las cataratas –como de alguna manera podríamos esperar-. El que muere ahogado en el agua es George, en esas cataratas a las que no puede domar al igual que a su mujer. Ambas -cataratas y Rose- no pueden ser domesticadas, controladas por la mano del hombre. Recordemos que tanto la luna como el agua simbolizan lo femenino. Rose no puede perderse en el agua, porque es ella misma. George en cambio, está ahogado desde el principio.

Finalmente, George ha arrastrado en su huida a Polly y ambos van en una lancha a la deriva hacia las aguas que caen violenta e inevitablemente. Ray, aún en su ignorancia, sabiendo que la mujer que ama –y que sin duda es demasiada mujer para él- está en peligro, susurra: “húndelo”. Refiriéndose al barco en el que viajan sin control Polly y George. Como si hubiera escuchado el pedido, George hace el intento de hundir el barco para que encalle y no caiga en la garganta de agua. La plegaria es escuchada y el barco encalla un instante para que Polly pueda salvarse agarrada de una gran roca, mientras George cae inevitablemente aguas abajo. Polly se despide de George con una triste mirada. Nada ha pasado entre ellos, más que unos encuentros signados por la desesperación, entre la vida y la muerte. Pero hasta último momento Polly cree poder salvar a George, y es la naturaleza la que decide finalmente su destino.

Polly espera en la roca a que un helicóptero de la gendarmería la rescate. Es la silla que pende de una soga la que baja desde arriba y trazando un eje vertical eleva a Polly hacia la vida, la salvación. Ella es, quizá, la que ha entendido antes que nadie, como el mal reside en el alma humana y como la naturaleza, misteriosa, restablece el orden.

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Personajes

Los personajes están construidos con detalles. Palabras, objetos, que nos indican con claridad como tenemos que entenderlos.

Hablamos de Rose y de su pasado que se construye como dijimos, fuera de campo. Sin embargo hay algo más para señalar. Rose lleva siempre sus labios carnosos color rojo, siempre. Hasta cuando es de madrugada y reposa desnuda en su cama, aguardando la llegada de su marido, sólo para hacerse la dormida y demostrarle así su desprecio. Rojos labios rojos. Lo primero que uno tiende a pensar, es obvio. ¡Es Marilyn! Y todos a esta altura del partido –o de la película- la deseamos, o queremos ser como ella, y claro, es Rose pero siempre es Marilyn. Esta sería la primera lectura, la más fácil. No está mal, pero si Hathaway se ha tomado el trabajo de utilizar el escenario real y transformarlo paulatinamente en otra cosa… ¿Le habrá pintado los labios de rojo solamente por tratarse de Marilyn?

Volvamos a mirar. Busquemos. Cuando George finalmente alcanza a Rose en la torre del campanario y con sus manos rodea el cuello de su esposa hasta dejarla sin aire, necesita reposar un instante junto a ella a modo de despedida final, o de promesa. Pronto George estará a su lado, aunque Rose haya muerto en lo alto del campanario y George muera finalmente cayendo cataratas abajo.

Al bajar las escaleras -¿el comienzo del descenso final?- George encuentra la pequeña cartera que supo colgar del brazo de su esposa. Allí entre los objetos que se han caído, George recoge un lápiz labial, un rouge –rojo- adornado con piedritas de colores que forman un arcoíris. El rojo del rouge, de los labios de Rose, la rosa roja que no puede ser domesticada. Al ver el lápiz rojo que asoma, recordamos esa boca y el dolor de George por haberla perdido. O quizá por no haberla poseído nunca.

Así entendemos que esa boca roja de Rose es el índice, el púrpura del vestido es el ícono, el lápiz labial, entonces, se constituye como símbolo. La boca roja de Marilyn es, entonces, mucho más. Es parte de una construcción simbólica.

Como cumbre de este proceso de transformación hacia una construcción simbólica, Polly recibe de manos del jefe cerealero de Ray un ramo de “espinaca” como dice el robusto señor. Esas espinacas son en realidad, nada más y nada menos, que rosas. Flores rojas encerradas, empaquetadas, domesticadas.

Pasemos a George. Dijimos anteriormente que George es un hombre del pasado. Su pasatiempo es armar en madera, modelos de automóviles antiguos. Automóviles que son víctimas de sus continuos ataques de ira y celos. Terminan siempre hechos añicos. Vive en un pasado que nunca volverá a ser. Es un estanciero que tuvo que arrendar sus tierras y sus animales porque la presencia de Rose en la estancia traía sequía y muerte. Y por sobre todas las cosas tiene ese pensamiento anticuado, ese sueño de príncipe azul que cree que puede rescatar a la corista de la mala vida. Pero los tiempos han cambiado. Los autos se han modernizado y las mujeres ya no quieren ser rescatadas. Muy por el contrario, o son las que salvan –si hablamos de Polly- o las que te hunden –si hablamos de Rose-.

El amante de Rose usa unos mocasines marrones y blancos, que se nos ponen frente a los ojos en un evidente plano detalle. Hemos asistido con los personajes al cambio de zapatos a botas de lluvia, para ingresar a las pasarelas que se alzan junto a las aguas. George vuelve de la muerte que le esperaba en las cataratas, ha peleado por su vida y ha ganado. El amante de Rose es quien ha muerto verdaderamente y George cambia de zapatos, no vuelve a calzarse los propios, dejándolos como prueba de su trágica muerte. Al calzarse los zapatos del muerto firma su destino. Pero también usa los zapatos del amante amado, el lugar que le hubiera gustado ocupar. Ser el objeto de deseo de Rose. Así es como el lápiz labial y zapatos se construyen como ideas simétricas y simbólicas de la tragedia.

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Como ya hemos dicho, Polly es interpretada por la magnífica Jean Peters, actriz que ha encarnado distintas mujeres a lo largo de su carrera. Todas ellas valientes, audaces e inteligentes. Un gran contrapunto para la ominosa carnalidad de Marilyn. Polly, casada –casi inexplicablemente- con Ray, a quién cuida y acompaña con la paciencia de una madre, se sabe sensual pero también conoce sus limitaciones. Sabe que su verdadero ser no se encarna en lo físico. Ella es la que tiene la mirada completa, y gracias a eso accede finalmente a la verdad. Frete a la desesperación de George, que le describe la inminente caída aguas abajo por los torrentes, Polly se describe a sí misma “soy un tronco que flota plácido en el agua”.

Pero para poder flotar y elevarse, entender el orden cosmogónico que pone hombres y naturaleza en concordancia, Polly debe atravesar una serie de pruebas que le irán revelando los secretos escondidos en Niágara. Ya hemos hablado de la prueba del laberinto.  Veamos ahora como se pone en escena el mitologema del doble. Tan raigal en el cine como el laberinto.

El mitologema del doble

Recordemos que llamamos mitologema a la puesta en escena del mito. El mito como relato fundacional existe antes que todo. Está ahí, inmemorial. Las posibilidades que tenemos de volver a pasar por el mito no son el mito en sí, si no sus posibles versiones, distintas formas de contarlo o en cine, sus variables en la puesta en escena.

George, que ha vencido y matado al amante de Rose en los bordes del agua, regresa a la cabaña que ocupaba junto a Rose, en la que están instalados ahora Polly y Ray. Polly duerme una siesta un tanto agitada y George, como un fantasma irrumpe en la intimidad de la cabaña cuchillo en mano, dispuesto a apuñalar a la que cree su esposa. Polly despierta y grita horrorizada. ¿Ha visto a George o a un fantasma? La posible presencia de George frente a la cama, construye además esa tensión erótica entre ellos. Todo en los encuentros entre Polly y George tiende a lo sexual.

Ya habíamos analizado la escena –posterior a la del encuentro en la cabaña- en la que George persigue a Polly por las pasarelas de las cataratas. Allí, antes de acorralarla, George la atrapa y la besa simulando ser una apasionada pareja, frente a unos turistas que pasan junto a ellos.

En la secuencia final, cuando George y Polly navegan a la deriva, Polly en un intento desesperado se arranca la falda que viste, intentando tirarse al agua y nadar. George la detiene por lo peligroso de su acto y Polly queda así en ropa interior frente a George. Una vez más la intimidad y la muerte de la mano. Ante el agua que les cae a baldazos, sus cuerpos mojados encarnan la sensualidad y la inmediatez de la muerte.

Volviendo entonces a la cabaña. Polly tiene ante sus ojos una aparición que la aterra, no solo es un muerto que ha vuelto, quizá además sea la posible concreción de un deseo oculto en Polly.  Ahora Polly sabe la verdad. Su mirada es la única testigo de cómo se van desencadenando los hechos. George aquí, con los zapatos del muerto, como ya hemos dicho, simboliza esa figura doble. La del amante y la del marido. Para Rose, pero también para Polly.

Aquí es menester recordar la llegada de los Cutler a las cabañas. Polly le reclama a Ray, en esta tardía luna de miel, la pasión que le corresponde como novia en su noche de bodas. Sin embargo Ray está más ocupado en conseguir una entrevista con J.C Kettering, vicepresidente de la cerealera para la que trabaja, cuya sede central está ubicada en el lado opuesto a las cataratas, allí en Niágara.

Ray es el hombre atado a su oficio, es el “empleado del mes”, el chico del cereal. Una vez más, la cerealera se erige como símbolo de esa naturaleza domesticada. Allí, del otro lado, opuesta a las cataratas, el edificio de la cerealera se erige como un pequeño eje vertical. Señalando así a estos hombres que alejados de su función tradicional, han quedado reducidos a su rol productivo. Son las mujeres las que deben cuidarlos, sabiéndolos suspendidos de su función. Tanto Polly como la señora Kettering los cuidan entendiendo que sin ellas están perdidos.

¿Por qué finalmente Polly se queda con Ray? Porque George está hundido en el pasado, cae hacia atrás, de espaldas, hacia Rose: aguas abajo. Y porque Polly entiende que se ha salvado gracias a un milagro. Sabe que el pasado de George es eso, pasado. Entiende que el presente, el de Ray y los cereales tal vez no sea el mejor presente. Pero sabe que hay que ser calma y flotar como un tronco en ese  misterio que se esconde tras las cataratas.

 Por Melina Cherro

Acerca del autor

Melina Cherro

Melina Cherro

Realizadora Cinematográfica Egresada de la ENERC y Lic. En enseñanza de las Artes Audiovisuales. Docente de la UBA (Diseño de Imagen y Sonido) docente en la Primera Escuela Infantil y Juvenil Taller de Cine El Mate.
Estudia cine conÁngel Faretta.
Colaboradora de la sección Retro en Proyector Fantasma